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Estamos Locos

Redacción de "Sant Jordi"

Mañana podría ser demasiado tarde

Eran las diez de la mañana, el aire fresco entraba por la ventana de la habitación, que llevaba ya un rato abierta, lo sentía en su espalda, que estaba al descubierto. Solo tenía las piernas cubiertas por una sabana. Se despertó y vio a su lado, aún durmiendo, a ella. Se levantó, miró a todos los lados, cerró la ventana y se acordó de todo lo que había hecho.

Unas semanas antes, en concreto tres, había salido su vuelo hacia Londres, donde se celebraban los Juegos Olímpicos. Había entrenado en una piscina que le habían reservado, era uno de los mejores nadadores del mundo, además, sus padres eran ricos. Un día se encontró con ella, Marie, la chica que estaba en su cama, era alta, morena, con unos ojos de un azul precioso y, como descubrió en los siguientes días, divertida y simpática. Ella entrenaba en esa piscina, y por su culpa, ahora no podía. Marie le miró con mala cara. Juan le preguntó:

- ¿Entrenas aquí?

- Entrenaba, hasta que llegaste tú y te agenciaste de ella.

Juan no lo sabía, creía que en esa piscina no iba nadie, estaba como nueva, aunque tenía unos cuantos años.

-Lo siento, no sabía que entrenara nadie en ella.

No sabía el qué, pero esa chica parecía tener algo especial, y le dijo:

- ¿Sabes qué podría hacer para compensarte?

Lo observó con una mirada desafiante, se le veía la rabia en sus ojos.

- ¿Qué? –Le preguntó un tanto enfadada.

- Puedes entrar, solo por ser tú –apenas la conocía, pero le gustaba esa chica, que en realidad le odiaba-. Y te entreno yo mismo. ¿Qué te parece?

A ella le parecía buena idea, era un nadador profesional, sabía muchísimo más que su propio entrenador, y además, aunque le odiaba por haberse adueñado de la piscina, le parecía mono.

- Me parece bien –respondió con un tono de voz más amable y calmada -. Pero, con una condición.

Él no se esperaba que le pusiera condiciones, le parecía que era una gran oferta, aún así dijo:

- Lo que quieras.

- En cuanto acabe de entrenar, me dejarás en paz.

No estaba dispuesto a hacerlo, le gustaba esa chica, y no pensaba hacerlo, pero aún así, le respondió:

-De acuerdo, ningún problema.

Se sacó una llave del bolsillo y abrió las puertas, le dejó pasar primero, como un buen caballero, entró a la piscina y se esperó a que Marie se cambiara, no llevaba una bolsa con sus cosas para entrenar ni nada por el estilo, pero lo tenía guardado en su taquilla. Cuando entró, empezó el entrenamiento. Durante aproximadamente dos horas, estuvo nadando y rectificando lo que él le decía. Le enseñó algunos secretos suyos. Al final del entrenamiento Marie le dijo un poco tímida, mirando al suelo:

- Gracias.

- De nada –le respondió con una sonrisa burlona.

- ¿Te puedo hacer una pregunta?

- Adelante

- ¿Mañana a la misma hora? –se había sonrojado.

- Por supuesto.

Juan salió de la piscina y la esperó. Eran las doce de la noche, habían acabado muy tarde, y no la iba a dejar volver sola, por esos callejones oscuros, que parecían sacados de una película de terror. Marie tardó unos cinco minutos, Juan se levantó de la escalera y le dijo:

- ¿Quieres qué te lleve?

- Se ha hecho muy tarde, de acuerdo.

Sacó la llave del coche, pulsó un botón y se encendieron los intermitentes del coche. A penas se veía en esa oscura calle, hasta que lo abrió. Era un descapotable, de un color negro brillante, con unos asientos de falsa piel de tigre, muy cómodos. Entraron, él arrancó el coche y le preguntó:

- ¿Dónde vives?

- Todo recto hasta el final de la calle, giras a la derecha, y en esa calle.

Siguió sus órdenes y fue todo recto, al llegar al final de la calle giró a la izquierda y después de ir por esa calle un rato, Marie le dijo:

- Es aquí.

- Mañana a la misma hora en la piscina, recuérdalo.

Marie no dijo nada, pero él sabía que iba a volver. Se fue hacia el hotel, donde tenía esa suite tan lujosa, solo para él, encendió el jacuzzi y empezó a relajarse, y a pensar. Pensar en Marie, por alguna razón no se la podía quitar de la cabeza. Cuando se cansó del jacuzzi se fue a la cama, sólo con unos calzoncillos y una camiseta sin mangas, que resaltaba sus músculos. Se acostó, aunque no durmió mucho, ya que se pasó la noche pensando en ella. Por la mañana se fue a entrenar un poco, y luego a comer al restaurante, se fue a entrenar otra vez, como hacía siempre después de comer, luego a las diez volvió para entrenar a Marie. Ella le estaba esperando. Al parecer hacía ya rato que estaba ahí.

- Lo siento –se disculpó.

- No pasa nada –dijo Marie, pero si pasaba, llevaba veinte minutos esperando.

Entraron rápidamente y  empezaron a entrenar. Pasaron un par de horas, y entonces acabó el entrenamiento. Las dos semanas siguientes pasaron igual, entrenando él y entrenándola a ella. El sábado, cuando acabaron de entrenar, charlaron un rato mientras la acompañaba, y Juan le dijo:

- ¿Me permites invitarte a algo?

Le había prometido que cuando acabara todo eso la dejaría en paz, pero él no quería, sentía algo por ella, y no iba a dejar que se le escapara. Pensaba que le diría que no, pero pese a ello, Marie le respondió:

- Por supuesto. ¿Dónde y cuándo?

- En mi habitación del hotel, cuando quieras.

- ¿Qué tal ahora?

Miro su reloj, era tarde, pero no pasaba nada.

- Sí, ¿Por qué no?

Volvieron a subir al coche, y fueron hasta el hotel, tardaron unos diez minutos. Casi no había tráfico, lo que era extraño en ese barrio. Cuando llegaron, bajaron del coche, entraron al hotel, cogió la llave de su habitación y subieron. Marie pasó primero, se fue corriendo a la ventana, a ver las vistas, eran preciosas, toda la ciudad de Londres se veía desde ahí. Se quedó contemplando las vistas, mientras Juan encendía el jacuzzi. Marie estaba de espaldas, fue hacia ella, le pasó las manos por la cadera, hasta que se unieron la una con la otra, se le acercó y le susurró a la oreja un poema, que había hecho él mismo:

- La  primera vez que te vi,

en tu mirada me perdí.

De tus ojos me enamoré,

y sé que si me marcho, te extrañaré.

 

De ti me he enamorado,

con tu mirada me tienes atado.

No sé qué haría sin ti…

Pero sé que tú, eres para mí.

 

Y espero poder ser para ti,

mas no podría vivir sin tu amor,

sin tu manera de ser,

y sin tenerte a mi alrededor.

 

Ella se quedó sin palabras, el poema era precioso y se lo había recitado de una manera que le había encantado, se giró hacía él y le besó en los labios. Luego estuvieron un rato abrazados, hasta que tuvieron un poco de frío y entraron. Se sentaron en el sofá. Se abrazaron, y se durmieron allí, abrazados el uno al otro.

*****

Por la mañana, bajó al restaurante a desayunar, no la despertó, porque estaba muy guapa dormida, y tenía miedo a que se despertara de mal humor. Cuando acabó de desayunar subió a su habitación, abrió la puerta y no la vio acostada en la cama.

- ¿Se habría ido? –se preguntó.

Escuchó un ruido en la ducha, se calmó un poco. Abrió la puerta y solo vio el grifo encendido, pero ella no estaba allí. Se asustó, no porque el grifo estuviera abierto, sino porque ella no estaba. Se abrió la puerta y entró por ella. Había ido a buscarle, porque cuando se despertó estaba sola, y no sabía donde había ido.

- Siento no haberte avisado, pero no quería despertarte –dijo Juan.

- No pasa nada, pero me había asustado.

- ¿Quieres desayunar?

- Sí, tengo mucha hambre.

Bajaron los dos, Juan se había quedado con hambre después de haber desayunado, un par de creps de chocolate, dos huevos, un café, un vaso de leche y unas magdalenas. Bajaron al restaurante y desayunaron. Marie estaba tomándose un tazón de chocolate, y tenía la otra mano sobre la mesa, Juan se la cogió cariñosamente, y no la soltó hasta que terminó. Subieron a su habitación encendió el jacuzzi y se metieron en él, completamente desnudos. Estuvieron un buen rato, ahí abrazados hasta que Marie dijo:

- ¿Salimos ya?

Empezaban a molestarle los chorros porque ya llevaban un buen rato. Al salir, Marie tropezó con un escalón y estuvo a punto de darse un golpe terrible contra el suelo, pero Juan la sujetó con ambos brazos e impidió que cayera. Estuvieron un buen rato riéndose de ello. Marie se puso el pijama y se volvió a acostar. Juan estaba cansado de entrenar durante toda la semana, y se acostó a su lado.

Cuando se despertó se encontró un piano de oro macizo en su habitación, y un sillón a juego. ¿Cómo había llegado ahí? ¿Para qué podía necesitar él un piano?  Eran algunas de las preguntas que se hacía. Marie seguía durmiendo, pero se despertó a los dos minutos. Entonces le preguntó:

- ¿Por casualidad sabes que hace este piano aquí?

- No.

Llamaron al servició de habitaciones, y les dijeron que la madre de Juan se lo había regalado, no sabían porque, como él sabía tocarlo, se sentó, y empezó a tocar una canción, que había compuesto su padre, para su madre. Era una canción muy bonita, y le gustó. Se puso sobre el piano, como había visto en algunas series de televisión. Ella empezó a cantar, conocía esa canción. Estaba en un disco de su madre, que al parecer, lo había sacado el padre de Juan hacía ya unos años. Tenía una voz preciosa, no entendía como no era cantante, en lugar de nadadora.

- Tienes una voz preciosa.

- Gracias –Marie se sonrojó.

- Te quiero, y quiero pasar el resto de mi vida a tu lado –le dijo con una voz tierna.

Ella se sonrojó más aún, y dijo:

- Yo también.

Le besó en los labios, y así demostraron su mutuo amor.

- Me tengo que ir –dijo pudiéndose serio-. Dentro de dos horas tengo que nadar, y voy a hacer tarde.

Cogió una bolsa, le dio un beso de despedida y se fue. Marie le fue a ver competir. Era su momento de gloria, tenía de demostrar que era el mejor nadador del mundo en esa prueba, y dedicárselo a Marie. Salió a por todas, y lo consiguió. Ganó, con una gran ventaja, y además hizo un récord mundial, en los 100 metros braza.  Fue corriendo hacía una gran pantalla donde salía su marca, y se puso al lado, como hacía Usain Bolt.  Cuando salió a cambiarse se encontró con Marie. Después de recibir la medalla, que le dio el presidente de la FINA, salió de la piscina glorioso, porque había sido el único récord mundial de los Juegos Olímpicos de Natación. A Marie le hubiera gustado competir también, pero no pudo porque se lesionó unos meses antes, y había entrenado muy poco, además, no creía que pudiera ir, no se creía lo suficiente buena.

Al cabo de unos meses que llevaban juntos cenaron en casa de los padres de Juan. A sus padres les cayó muy bien Marie. Su madre era un poco bajita, ojos azules y pelo castaño oscuro, su padre era alto, delgado y fuerte, se conservaba joven, aunque le delataba su pelo gris, con muchas canas. Su padre había bebido un poco, como en todas las cenas importantes. Y sacó su piano, y tocó la canción de la que estaba tan orgulloso, esa que Juan le había tocado a Marie, y que ella había cantado. Marie le preguntó:

- ¿Me permite cantarla?

Su padre no la había cantado nunca con nadie esa canción. Pero sabía que si estaba dispuesta a cantarla era porque sabía cantar. La cantó y su padre se quedó boquiabierto. La cantaba mejor que él. Le preguntó:

- ¿Te gustaría cantarla en el tele-maratón de mañana?

Su padre celebraba un acto benéfico para ayudar a los niños del África, lo hacía todos los años, y el gran número era su aparición cantado esa canción, pero aquel año iba a ser mejor. Por supuesto, ella aceptó. Juan quería hacerle una pregunta, pero no se atrevió, estaba muy nervioso, y se dijo a sí mismo que se lo preguntaría al día siguiente

Al día siguiente Marie estaba un poco nerviosa, pero lo hizo bien de todos modos, sin olvidarse de la letra ni nada por el estilo.

Cuando todo hubo terminado, Marie y Juan se fueron al vestidor. Y Juan le dijo:

- Me harías el hombre más feliz del mundo si me contestaras que sí a esta pregunta…

Jamás hizo la pregunta. Pusieron una bomba en el plató que detonó en ese preciso instante.

La vida es corta, cuando menos te lo esperes puede acabarse, espabila, haz las cosas rápido, mañana podría ser demasiado tarde.